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Últimos vídeos del canal

Ey! cuanto tiempo sin pasarme por aquí pero es que como digo en mi último vídeo “Mis fotos en la red”, con el numero de redes sociales que intento llevar a la vez al final me es imposible mantener un buen flujo de actualizaciones (la pereza tampoco ayuda), pero bueno, este mes ya estoy por aquí para dejaros los últimos cuatro vídeos que he subido al canal el cual por cierto esta funcionando genial!. En el momento el que suba este post el canal contará con 7k suscriptores, cifra que me parece increíble (la mayor de todas mis redes sociales) y que no hace otra cosa que motivarme a seguir haciendo esto a lo que ademas le he cogido el gusto y me encanta hacer últimamente.

Para este mes ya adelanto que intentéis estar atentos porque voy a hacer un par de sorteos (y no hablo de sortear una baratija precisamente) así como un par de colaboraciones bastante bastante épicas que no van a dejar a nadie indiferente.
En los vídeos que ahora nos ocupan podréis ver un par de vlogs de viaje, uno en Galicia junto a Mimi y otro en Benidorm junto a mi mejor amigo Gabi y por otro lado tenéis otros dos vídeos estos sobre consejos uno de fotos de comida y otro sobre como repartir vuestras fotos en internet. Espero que os gusten y como siempre digo, like, comment y si os gusta lo que hago suscribiros! Un saludo gente y a hacer muchas fotos 😀




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Perdido por la Galicia profunda

Sin duda guardo increíbles recuerdos de aquellos momentos. Era llegar los domingos por la mañana, mi madre me despertaba, me ponía el chándal y marchábamos hacia nuestra casa familiar en la sierra con nuestro ford fiesta. Os hablo de hace 20 años, prácticamente desde los 0 a los 14 años mis domingos se desarrollaron en el monte, pegando caminatas, jugando a la pelota, bañándome en la balsa construida por los mayores de la familia y realizando el resto de actividades que os podáis imaginar de un niño en medio del monte. Mi abuelo todavía vivía, y se encargaba de cuidar aquello, mientras los pequeños jugábamos y el resto hacia la comida. Y así disfruté de una maravillosa infancia rodeado de la familia y aprendiendo de la naturaleza.

¿Y porque os cuento todo esto?, pues porqué estas navidades tuve la suerte de disfrutar de un día muy parecido pero a nada menos que 1100 kilómetros de mi casa. Otro paisaje, otras costumbres, otra gente.

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El domingo 28 de Diciembre amanecía muy lejos de mi casa junto a mi chica, a la que ya habéis visto por aquí, Mimi. Nos poníamos en pie para coger rumbo hacia Romelle, con apenas unos 100 habitantes en medio de una colina rodeada de valles hogar de sus abuelos. Ya en el coche con Marilo (mi suegra) al volante, nos empezamos a adentrar en tierras gallegas durante una hora y algo, hasta plantarnos en medio de una colina totalmente verde y unos pocos grados.

Allí conocí a los abuelos de Miriam y padres de Marilo, Don Severino y Doña Dolores, quienes me acogieron como uno más e hicieron el esfuerzo de intentar hablar castellano para poder entendernos, aunque al final optaran por el gallego y Miriam puso en practica sus dotes de interprete para ir traduciéndome.

Era curioso pero aquella casa y ambiente me recordaba mucho a mi infancia aun sin tener nada que ver. Una casa a primera vista nueva, pero que en su interior aun esconde cocina y calefaccion a base de leña, varios establos y un gigantesco horreo en su patio trasero (típica construcción gallega para guardar el maíz y que no entren las ratas, ver foto). Una casa cómoda, con ese encanto del siglo pasado y sabor gallego por todos los costados iba a ser este domingo mi hogar. A la hora de la comida como no podia ser menos un buen plato de caldo gallego acompañado de unos callos, todo elaborado por los propios abuelos de Miriam y como no riquísimo, comida más autentica imposible y por supuesto en abundancia.

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Tras reposar la comida unos minutos y con miedo de quedarme sin sol, Miriam y yo partimos para el pueblo de al lado, Loroño, otra pequeña aldea perdida esta vez en un valle. Anduvimos por caminos empinados entre vegetación y rectas interminables una vez en el valle, hasta plantarnos en la iglesia de esta aldea donde aprovechamos para dispararnos unos selfies y algún que otro posado.

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Una experiencia genial, que rematamos dirigiéndonos hacia Verdes tras despedirnos de nuestros anfitriones y del pequeño pitiminado. A medio camino entre Coruña y Romelle, paramos en los Molinos de Verdes, otra aldea con sabor gallego por la que transcurría un rió precioso totalmente invadido por la vegetación y convertido en merendero con construcciones típicas del camino de santiago. Un lugar que parece sacado de un cuento de hadas totalmente, que nada tiene que ver con el secarral en el que me crié yo mas propio de una película del oeste.

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Tras unos selfies y sacar a pasear el ojo de pez, regreso a casa con esa sensación tan maravillosa que ya casi ni recordaba. Esa sensación de haber salido de los agobios de la ciudad. Porque si, la ciudad tiene su encanto, pero de vez en cuando el silencio de la montaña, el aire fresco y las vistas infinitas son la mejor forma de poder volver a la urbe con las fuerzas necesarias para continuar nuestra acelerada vida.

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